Lo llevás en la sangre. Lo recibiste junto con los bienes de abolengo. Esas tierras que nunca pagaron tus ancestros, las que te regaló Rivadavia y aumentó Roca amasijando a la indiada.
Tus epopeyas siempre ocurrieron a la luz de un fuego con un costillar en la cruz. Hiciste servil al gaucho a fuerza de leyes, ginebras y jueces. No voy a ponerme a cantar al compás de la vihuela, que ya todo dicho está.
Perseverás en la insidia diciendo al que quiera oír que vos hiciste el país y que sin vos no somos nada. Dabas permiso al paisano para levantar un rancho a la sombra de los eucaliptos y a trabajar la familia entera, a procurarse el sustento, a deslomarse sin sueldo, sin escuela para los hijos y, si cuadraba, reservabas para una siesta el derecho de pernada.
Esa es la patria que hiciste. La del empréstito de la Baring Brothers, la de la Enfiteusis, la que negó ayuda a Güemes y San Martín, la que traicionó a Artigas.
Siempre estuviste ahí, en los escritorios de caoba vendiendo carne a precio mayor que el de mercado, en las matanzas de los peones de la Patagonia, en la Semana Trágica, en la masacre de Napalpí. Porque todo va con todo. Carne, trigo, maíz y esos indios de mierda que no quieren soltar la tierra.
Ningún gobierno se sostuvo sin tu ayuda y ninguno cayó sin tu condena. Escucho tus discursos encendidos desde el predio que no pagaste ni siquiera al precio vil que habías pactado con uno de tus sirvientes en una de tus tantas trapisondas.
Decís que sos el campo. Perseverás en la insidia. Sabés que a la larga el mensaje cala hondo. Repetís que sos la Patria. ¿De qué Patria me hablás? ¿De la que antes rociabas con DDT y ahora rociás con glifosato? ¿La de los frigoríficos ingleses que tanto te gustaban?
Tenías el negocio redondo. Los exportadores de granos te daban la semilla y los insumos a pagar a la cosecha, las tremendas maquinarias iban a porcentaje y el mundo entero rogaba que lloviera sobre tus tierras para que pudieran salir los barcos con las bodegas repletas.
Inventaste la siembra directa. Tu lengua insidiosa repite que devolvés los nutrientes a la tierra, aunque callás –y no por casualidad-, que el fósforo no se repone. Ya no necesitás peones. Uno o dos, a lo sumo, para que tengan las banderitas y esas cosas. Pero igual tenés al Momo, igual esquivás garparle al tipo como manda la ley.
Lo traés en los genes. Es parte de tu abolengo. Para vos, la ley está hecha a tu medida y no para que un cabeza pueda mandar los hijos a la escuela. Los chiquilines que anden por ahí, en la ranchada, entreverados con las gallinas y los gansos, que cuando lleguen a mozos ya les vas a dar trabajo como les diste al padre y al abuelo.
Te hablan de retenciones y es como si te arrancaran un pedazo del alma. ¿Quién tiene derecho a retenerte a vos nada?
Te digo, señor del campo, ladrón de la tierra, birlador de futuros, que ya hace doscientos años que venís practicando vos tus propias retenciones. Te quedaste con la salud y la educación de la peonada, te quedaste con las viviendas dignas, con el acceso a la tierra, con los esbirros, con la ley, con la justicia.
Esa justicia que tu lengua insidiosa dice que es igual para todos (Imagino al peoncito, nervioso, haciendo girar la boina sudada entre las manos, parado frente al estrado de juez que lo mira serio -serio como la muerte- y le pregunta qué quiere… Y él quiere reclamar algo que le corresponde, eso es lo que quiere. Algo que sabe que le toca pero no puede poner en palabras…).
Por eso estás furioso, porque ahora te quieren cobrar los caminos, los puertos, las redes de alta tensión, las represas, las cargas sociales. Todo lo que usaste toda la vida para retener tu parte sin rendir cuentas. Estás furioso, te entiendo.
Te volvés loco porque tenés la ley, el juez, el gendarme, tenés los silos llenos de grano y los precios se fueron a las nubes. Todo tenés, pero se te hace largo esperar las elecciones.
"Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir." Fernando Pessoa - El libro del desasosiego.
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miércoles, 31 de julio de 2013
Señor del campo
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martes, 18 de junio de 2013
Señor del engaño
Pensás que no tengo memoria. Tal vez, peor aún, pensás que no tengo criterio. Porque la memoria sola no basta, no alcanza para comprender o para disponer de una visión certera.
Puede que tengas razón. Puede que no tenga memoria, ni criterio, ni comprensión, ni visión certera. Si así fuera, dotado de esas carencias –si es que una carencia es una dote- no sería capaz de advertir tus añagazas. Por ahora basta con no tener olvido.
Tu táctica es tan antigua y la usaste tantas veces, que hasta para un desdotado como yo, tus mañas van perdiendo efectividad. Te tengo remanyado.
Hablás de miedo, de inseguridad, de desorden y estancamiento. Agitás el fantasma de la inflación y el peso devaluado. Decís que no te dejan hablar, que esto es una dictadura al estilo de la Alemania nazi y tus radios y diarios y televisoras lo repiten hasta el hartazgo.
No recuerdo que otras dictaduras sin votos te hayan puesto tan molesto como estás ahora. Resulta curioso que hablés de dictadura en un momento en que se puede decir de todo y que hayas guardado silencio cuando nadie podía decir nada.
Dos gotitas de veneno en el oído del Rey mientras duerme la siesta. Así instilás, tratás de instalar, una voz que aparenta decir todo mientras callás tus intenciones. Claro que habría que ver si el Rey está dormido. Aunque, si no está dormido, confías en que vas a poder acostarlo. Sabés que hay alguien que fuma y espera y se caga de risa en la penumbra de un cuartel.
Te entiendo. Tratás de sacar un líder de la galera para aplastar con los votos al bicho del populismo, pero no pinta ninguno. Y si no pinta, ¿qué le vas a hacer, no? Habrá que pensar en otra cosa. ¿Estarás redactando el comunicado número uno?
La libertad te quema los pies como si caminaras sobre brasas a punto para un buen asado. El camino se te hace largo.
Sentís que te meten la mano en el bolsillo. Cierran los convenios colectivos de trabajo con aumento y corrés a cargar el mismo porcentaje en los precios. No vaya a ser que la negrada empiece a vestir bien, a comer debute, a estudiar en universidades gratarolas. Ahora hasta a las sirvientas vas a tener que pagarles aguinaldo.
Estás sentado sobre tus toneladas de maíz y soja envenenadas con glifosato. Esperás que suba el dólar o bajen las retenciones para que el negrito que tenés de peón –ahora se te está agrandando-, te cueste la mitad de kilos de lo que te cuesta ahora. Total, tenés al Momo para que se lo chamuye y listo.
Mandás a algún “señor del campo” a que grite que hay que echar a patadas al gobierno. ¿Otra vez estarás pensando en prohibir el tango Cambalache? ¿Creés que no recuerdo cuando no dejaste que cantara la negra Sosa y no podían andar más de tres personas juntas por la calle?
Recuerdo cuando tapiaron los bancos y se trabucaron la guita de los giles mientras la de los pescados gordos -como vos-, cruzó el charco y desapareció. ¿Te acordás que bajaron los sueldos y las jubilaciones? ¿Olvidás las decenas de años que no pagaste impuestos ni cargas sociales?
Y, si no aparece el quía que pinte debute para el 2015, vas a ir a buscar al que fuma y espera, no tengo dudas. Y los que ahora dicen que tienen miedo van a ponerse a decir que no daba para más.
Después ya sabemos cómo sigue. Sacar las retenciones, subir el dólar, volver a la desjubilación privada y anular la AUH, perseguir a los maricas y cagar a palos al que grite. Los precios liberados subirán a un nivel que aplaudirán tus analistas. Tendrás preparada –junto con el comunicado-, las listas de libros que vas a prohibir, los cantantes y actores que se van a tener que tomar el piro y, si algún obrerito se hace el loco, pedirás a los cobani que le den dos veinte y cachiporra, que para eso, nunca fueron de hacerse rogar.
Olvidaba –poca memoria, ¿viste?-, que tras cartón llegarán misiones del FMI y la Goldman Sachs dirá que el país es una papa, volverán las oscuras golondrinas y todo será una fiesta de pizza con champán.
Claro que, según recuerdo que pasó, la fiesta será de rigurosa etiqueta y los giles como nosotros, no estaremos invitados.
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jueves, 6 de junio de 2013
Señor de la clase política
Cuando era muchacho se hablaba de tres clases: el proletariado, la burguesía y la oligarquía. Había algunas variantes según el color del cristal. El campesinado, por ejemplo, que no terminaba de engrosar la clase obrera transido por la propiedad de unas pocas hectáreas cuya tenencia trastornaba su criterio y la clase media, que trataba de huir del olor a grasa y el humo de los braseros de las casas paternas, siempre con un pie en el barro y el otro sobre la alfombra.
Había sectores desclasados, los intelectuales -mote pronunciado por los esbirros de turno con tono de desprecio-, los artistas y los estudiantes corrían una suerte similar. Chabones destinados a ir a parar a una seccional para averiguación de antecedentes.
Pero no había una clase política. Los políticos surgían de las bases a las que pertenecían y decían representar. Los partidos tenían sus funcionarios, desde luego, presentaban una y otra vez sus candidatos en las pocas, ocasionales, eventuales elecciones que se sucedían y, por lo general, eran siempre los mismos. Sólo la muerte los sacaba del circo. Todo por el curro.
Ahora parece que la división en clases hubiera desaparecido. No hay ya obreros, campesinos, burgueses y oli-garcas. Ahora hay electorado. Un amasijo de votantes divididos por una línea muy delgada, casi inapreciable, que los separa en dos grupos. Uno, iluminado, que sabe qué hace falta y otro, integrado por los boludos del resto del país que no entienden una goma.
Surge así, victoriosa, a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa clase: la política. ¿De dónde salió? Fueron ellos mismos los que acuñaron el concepto “clase política”.
D.R.A.E.: clase.
(Del lat. classis). 1. f. Orden o número de personas del mismo grado, calidad u oficio.
En resumidas cuentas, están separados del resto por su grado, calidad u oficio. Subclase: partidos.
Los partidos se alternan en el poder según la iluminación del electorado. Se alternan para meternos la mano en el bolsillo –casi escribo el dedo en el culo-. Se insultan, se pelean, se calumnian, pero todo sucede entre pares. Mete gol, entra.
Y si les va mal, si chorean y coimean a cuatro manos, cuentan con el lentísimo andar de la justicia y el refugio en los fueros, se retiran de la arena por un tiempo, van a dar conferencias a Harvard, al FMI o a Ecuador, abren una consultoría donde ofrecen sus malas artes al mejor postor y andá a cantarle a Gardel.
Así es como no tienen miedo de caer en manos de la justicia ni del juicio de los mismos de su clase. Tampoco tienen pudor. No es por pudor que se van a yirar por unos años después de cometer sus fechorías. No es que lamenten haber conducido al país a un desastre. Sólo se trata de una táctica que lo único que requiere es no tener vergüenza.
Después vuelven. Les dan micrófonos, cámaras y primeras planas para que nos vuelvan a mentir. El que ocupa el máximo cargo de un partido acaba de calificar de “conchudo” a un correligionario. Nada dijo del presidente Fernando de la Rúa. Todavía está pendiente la autocrítica por un gobierno que se salvó del naufragio en helicóptero y dejó al país en Pampa y la vía, con más de 30 muertos y cientos de palos verdes cobrados en comisiones por las “buenas noticias” que nos traía de la banca internacional.
Vuelven los economistas del fracaso, Cavallo, Sturzenegger, Melconian –gran asesor económico del menemato-, los gurúes y oráculos que festejaban la estabilidad del 1 a 1, los que callaron las licitaciones tramposas, las privatizaciones que nos dejaron en pelotas, los que robaron para la corona y los que iban a limpiar el Riachuelo en 1000 días.
¿Hace falta hablar del corralito, el corralón, la venta de la acción de oro de YPF, el Correo, Aerolíneas Argentinas, el contrabando (¿oficial?) de armas, Kosteki y Santillán y el desguace de la flota mercante y los ferrocarriles? ¿Hace falta hablar de la corte de payasos que supimos conseguir?
Tal vez no haga falta. Pero los boludos que no entendemos nada de nada –entre los que me incluyo-, no podemos olvidar a estos señores de la política.
Que no logren ponerse de acuerdo entre ellos es muy peligroso. Tengamos memoria. Si no pueden con los votos van a ir por las botas.
Oí hablar de una dictadura de votos. Casi como si dijeran que es lo mismo una mayoría parlamentaria que una de las tantas que tuvimos de sable y fusil. ¿Será que lo están deseando? Como si no hubiera un Congreso, una Corte Suprema, juzgados, cámaras y un calendario electoral. ¿Qué querrá sugerir con esto de “dictadura de votos” el señor Mitre?
Oí decir que somos como la Alemania nazi, la de los hornos de Hitler. De paso, digo que voces parecidas y parecidos discursos fueron la antesala del horror nacionalsocialista boche. Orden y reorganización son palabras muy queridas por los dictadores.
¿Cómo se puede hablar de dictadura en un momento en el que todos dicen todo?
Hablan y hablan sin dejar de decir que no se puede hablar. Total, en este ispa de locos y boludos, a nosotros, el electorado que no sabe un pomo de nada, resulta fácil vendernos un buzón.
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sábado, 16 de febrero de 2013
Señor del voto ilustrado
Vos sí que sabés votar; no sos como yo. Tu voto no es como el mío. Lo meditás después de sopesar la información de todos los candidatos y concurrís a los comicios con la frente alta, seguro de que tu elección está bien fundada.
Tenés una larga historia de aciertos. En este país el que se equivoca soy yo. Tu voto es por la Patria, el mío por el bolsillo.
Sos un hombre de mundo. Conocés Miami, Punta del Este y Cancún. En una de esas, hasta anduviste por Europa y llegaste a Nueva York. Te movés con soltura en los aeropuertos y fuiste pasajero de trenes bala. Países en serio, no como el nuestro.
Amás la libertad, la democracia, la justicia y el orden, igual que yo. Ahí nos encontramos. Pero yo no sé qué significan estas palabras; vos, en cambio, sí.
Tenés estudios, sos propietario, comerciante o profesional, tenés auto y pagás tus impuestos. Rectifico: No pagás los impuestos, suspendés el pago como protesta porque los funcionarios no hacen obras (se roban todo). Si los del gobierno hicieran lo que tienen que hacer, vos pagarías como corresponde.
Sé que estás repensando este asunto de la democracia. ¿Cómo puede ser que tu voto tenga el mismo valor que el mío? Ahora resulta que hasta los imberbes de dieciséis años votan igual que vos.
Como ilustrado que sos, tenés amigos ilustres: Bartolomé Mitre, Julio A. Roca (Ataliva no se nombra), Pedro E. Aramburu, Juan C. Onganía, Alejandro A. Lanusse, Jorge R. Videla y tantos más.
Decís que estamos en una dictadura. Hay que reconocer que sos valiente. Hace falta coraje para decir en los diarios, en la radio y en la televisión que vivimos en una dictadura. ¿No te da miedo?
Tenés agallas, sí. Lo vi en la tele cuando insultaron al Kicillof ese. El cobarde se abrazaba al hijito y trataba de escapar de los setenta ilustrados que lo puteaban. Estuvo mal. Tendría que haber hecho frente, dar la cara y debatir.
Lástima que a mí me gusta ese tipo. Entiendo lo que dice, habla sencillo. Pero claro, yo no soy un ilustrado como vos. Yo, con un choripán me arreglo. Vos, en cambio, tenés convicciones, tenés garra.
Admiro tu tesón. No se pueden comprar dólares para viajar pero igual seguís haciéndolo. Si no fuera por vos, que te vas afuera, yo no encontraría alojamiento en San Clemente o en Córdoba.
Hablando de viajar. ¿Viste que Aerolíneas Argentinas movió a siete millones de pasajeros? Nos llenaron de pérdidas. Era mejor cuando estaba Marsans, ¿no? ¿Para qué queremos una compañía de bandera? Ya están las de Italia, Chile, Suiza, Francia y otros. ¿Para qué poner una más?
Hablar de los que salen me hace pensar en los que entran. Protestás porque el país se está llenado de paraguas, bolitas, yoruguas y perucas. Vienen a matarse el hambre, a curarse, a estudiar, a ganar plata para mandar a los parientes. Esto también es confuso para mí. ¿No ven lo mal que estamos? ¿Y qué me contás de los científicos que se vuelven? Todos locos.
Vos tenés tanto estudio (y la casa y el auto) que podés ver la verdad. Yo me las como todas. Alguna vez vas a tener que tomarte el trabajo de explicarme por qué las cosas que a mí me gustan están mal. Es una lista larga.
En los últimos diez años se construyeron 1.800 escuelas mientras que en los diez anteriores no llegaron ni a 20; en 2002 se fabricaban 160.000 autos y hoy andamos por más de 800.000; hay millones de nuevos jubilados que antes no cobraban un peso; se reparten computadoras en las escuelas… Bueno, ya sabés cómo sigue la lista. Pero para vos lo que importa es la democracia.
Para mí, la democracia es algo sencillo. Se vota. Los que ganan gobiernan y los que pierden son oposición. Al respecto, te digo que no me convence del todo. Los legisladores hacen las leyes, los jueces las hacen cumplir y, para ello, recurren a la fuerza de la policía y los gendarmes. La verdad, mucho no me gusta. Pero es lo que hay, y si miro para atrás y veo lo que hubo, me quedo con esto.
Pero a vos esto no te gusta. Para vos, un ilustrado, que gobierne la mayoría es una dictadura electoral. Confuso, confieso, no te entiendo.
Parece que estamos siempre en desacuerdo. Yo, cargo una bolsa de síes; vos, una de noes. ¿Hace falta hacer un detalle?
A pesar de todo, yo espero las próximas elecciones con cierta ilusión. Vos, ¿qué esperás? ¿Te da miedo decirlo? ¿O no sabés esperar?
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