Tres jueces integran el Tribunal Oral Federal número 1. Son Carlos Rozanski, Pablo Vega y Pablo Jantus. Este tribunal hará público el fallo el día 10 de junio próximo. Habrá que esperar hasta entonces para conocer los fundamentos de la condena con la disidencia de su presidente, el primero de los nombrados.
Fueron condenados los ex policías bonaerenses Jorge Rómulo Ferranti y Bruno Trevisán a cuatro y tres años de prisión, respectivamente, por “vejaciones y severidades”, pero, por esas cosas de la justicia, pasarán muy pocos días en prisión.
El que se tome el trabajo de leer la noticia verá, entre otros detalles, que la historia data de 1976. Fue necesario esperar 37 años.
El matrimonio Iaccarino y sus hijos, Rodolfo, Alejandro y Carlos fueron obligados mediante secuestro, tortura y vejaciones a entregar sus bienes a los recién condenados.
Leo la noticia (1) y quedo pensando. “¿Vejaciones y severidades?” Me pregunto si estos jueces Pablo Vega y Pablo Jantus habrán tenido un diccionario a mano durante los 37 años que demoraron en elaborar esta condena y, en particular, mientras redactaban el fallo.
El Diccionario de la Real Academia dice: Eufemismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.
Así, los delincuentes Ferranti y Trevisán por medio de los golpes, el confinamiento en condiciones infrahumanas y la picana eléctrica –gran invento argentino- obtuvieron la transferencia de campos e industrias a su nombre. ¿Vejaciones y severidades?
Yo digo que los que no son severos son estos jueces y que la vejada es la justicia, además, por cierto, de la familia Iaccarino.
No importa cuánto obtuvieron los secuestradores y torturadores. No importa si fueron millones o monedas. Todo un aparato de inteligencia del estado, edificios y recursos que deberían proteger a la ciudadanía fueron utilizados para robar bienes.
Yo digo que es una vejación que la justicia demore 37 años en expedirse. Poco severo, poco serio, poco juicio en este juicio.
Supongo que las víctimas vindicadas por este fallo no se sentirán muy protegidas por las fuerzas policiales y la justicia a partir del momento -muy próximo- en que queden en libertad los “severos vejadores”.
Recurro a un eufemismo para calificar a estos jueces: impudorosos.
(1) Ver Página 12 – 04/06/2013
"Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir." Fernando Pessoa - El libro del desasosiego.
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martes, 4 de junio de 2013
Señor del eufemismo
martes, 16 de abril de 2013
Señor del expediente
Estás a la sombra del Señor de la Toga. Conocés los pasillos que corren entre estanterías metálicas cargadas de expedientes fulano contra fulano. Disfrutás de la feria de verano y la de invierno. Te corresponde, lo tenés bien ganado.
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
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sábado, 23 de marzo de 2013
Señor de las plantitas
Llueve. Mate. Diario.
Leo que en Saladillo mandaron a la cárcel a Fernando Colombini, un muchacho de 25 años que cultivaba cuatro plantas de marihuana en el patio.
Hace 36 días que está preso.
Gente modesta, albañil, padre de una chiquilina de ocho años.
"El juez le dictó la preventiva y se declaró incompetente. Y la causa deambula por juzgados federales", leo en Página 12. ¿La causa?
Me pregunto si lloverá en el patio del penal.
El artículo menciona al pasar que hay antecedentes de otros procedimientos similares armadas en ese pueblo. La policía, un funcionario de la Dirección de Tránsito, el incompetente juez Mateos, un fistal apellidado Sarramone y una tal Caviglia, defensora oficial que permaneció cruzada de brazos.
Una causa armada al mejor estilo de la bonaerense.
Seguramente, hay otros casos parecidos en ese tranquilo pueblo de la provincia. Un par de sobres de merca en un bolsillo de otro perejil, alguno que llevaba un porrito y cosas del mismo tenor y al mismo efecto.
Así es la lucha contra el delito.
Este fin de semana, mientras todos disfrutemos del asadito, el temible traficante que cultivaba ocho plantitas (según él eran sólo cuatro), va a mirar el cielo a través de las rejas.
Diría que hay que hacer el camino al revés. Me da por pensar que los que lo encerraron son los que tendrían que estar adentro.
Siento olor a gorra y cocaína.
Algo huele mal en Saladillo.
Leo que en Saladillo mandaron a la cárcel a Fernando Colombini, un muchacho de 25 años que cultivaba cuatro plantas de marihuana en el patio.
Hace 36 días que está preso.
Gente modesta, albañil, padre de una chiquilina de ocho años.
"El juez le dictó la preventiva y se declaró incompetente. Y la causa deambula por juzgados federales", leo en Página 12. ¿La causa?
Me pregunto si lloverá en el patio del penal.
El artículo menciona al pasar que hay antecedentes de otros procedimientos similares armadas en ese pueblo. La policía, un funcionario de la Dirección de Tránsito, el incompetente juez Mateos, un fistal apellidado Sarramone y una tal Caviglia, defensora oficial que permaneció cruzada de brazos.
Una causa armada al mejor estilo de la bonaerense.
Seguramente, hay otros casos parecidos en ese tranquilo pueblo de la provincia. Un par de sobres de merca en un bolsillo de otro perejil, alguno que llevaba un porrito y cosas del mismo tenor y al mismo efecto.
Así es la lucha contra el delito.
Este fin de semana, mientras todos disfrutemos del asadito, el temible traficante que cultivaba ocho plantitas (según él eran sólo cuatro), va a mirar el cielo a través de las rejas.
Diría que hay que hacer el camino al revés. Me da por pensar que los que lo encerraron son los que tendrían que estar adentro.
Siento olor a gorra y cocaína.
Algo huele mal en Saladillo.
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jueves, 3 de enero de 2013
Señor de la toga
Estás
sentado en sillones de roble. El estrado impone. El salón podría albergar una
multitud. Los sonidos del mundo no traspasan las paredes del edificio. Reina el
silencio.
No
entiendo tu lengua. Si fueras mi señor debería dirigirme a vos usando “mi
señoría”. Sin embargo, debo llamarte “su señoría”. Es raro. Parece que fueras
señor de vos mismo y yo no pudiera calificarte mío de manera alguna.
Tampoco
entiendo porque tus sentencias se conocen como fallos. Todo resulta confuso.
¿No deberían llamarse aciertos?
Su
señoría, ¿de dónde sacás las palabras? Acabo de enterarme de que una sentencia,
si es definitiva es apelable. Al ser apelada, pierde su condición de
definitiva.
Voy
al diccionario. Supongo que debo recurrir a uno de nuestro idioma. Cito el de
la RAE. Sentencia: “f. Der. La que termina el asunto o impide la continuación del juicio, aunque
contra ella sea admisible recurso extraordinario”. ¡Ajá!
Sigo.
Definitivo: “f. Der. Aquella en que
el juzgador, concluido el juicio, resuelve finalmente sobre el asunto
principal, declarando, condenando o absolviendo”.
Su señoría, cada vez entiendo menos.
Soy un nulo. Como dicen ustedes, un lego, “adj. Falto de letras o noticias”. Pero estoy seguro de que con esfuerzo voy
a entender. Al fin y al cabo, el diccionario va a despajar las dudas. Perdón,
quise poner “despejar”. Igual vale, por aquello de separar la paja del trigo y
otros significados.
Oigo discusiones sobre la diferencia
entre sentencia definitiva y firme. Paso las páginas. A, b, c, d, e, f. Firme: “f. Der. Aquella que, por no ser susceptible
de recurso, se considera como definitiva” ¡Ajá!
O sea, su señoría, a ver si te
entiendo. Si es sentencia se puede recurrir a un recurso extraordinario. ¿No te
raspa la lengua eso de recurrir a un recurso? Pero si es definitiva es firme y
firme, quiere decir que es definitiva.
Ahora bien. Un presidente que
tuvimos, totalmente falto de mérito, huyó en helicóptero dejando treinta y ocho
muertos tras de sí. Pero en sentencia reciente una su señoría dice que lo deja
libre por falta de mérito, que él no tenía por qué haber sabido lo que hacían
los policías.
Disculpame, su señoría, pero soy
bastante bruto. Entonces, ¿los que tienen la culpa son los policías? ¡Ajá!
Entendí. Van a ir presos los policías. Cadena perpetua por matar a gente
desarmada, chicos y chicas de trece, quince, veinte años. ¡Muy bien! Lo que no
veo es la sentencia definitiva y ya pasaron diez años.
También recuerdo un asunto de venta
de armas y otro de la explosión de un polvorín que costó varias vidas más. O
sea: la falta de mérito vale tanto para presidentes como para causas.
Su señoría, confieso que estoy
confundido. Claro que comprendo que estás muy ocupado. Lleva años analizar los
méritos de una causa. Te llevó treinta años este asunto de los desaparecidos.
Por eso te pagan un sueldo tan bueno. Treinta años dedicados a un juicio no es
moco de pavo. Además, son tantas las cosas sobre las que fallás. ¡Cuánto
trabajo!
Un trabajo así da pérdida. Por eso
no pagás impuesto a las ganancias. Me voy desasnando. De burro entero paso a
burro tres cuartos. Digamos que soy un burro definitivo pero apelo a un recurso
extraordinario. Así es la vida.
Hablando de vida. Entiendo que tu
cargo sea de por vida. Es por economía, ya me di cuenta. Como seguís cobrando
el sueldo entero, mejor es que no te jubiles. Resulta más barato. Además, un su
señoría no sufre los males de los otros viejos. No lo afectan ni el alemán ni el
inglés ni ninguna de esas cosas que nos pasan a nosotros, los legos. Tu cerebro
no se inmuta.
Ahora que menciono esto de no
inmutarse. Mirá que te han sometido a presiones. Imagino lo difícil que habrá
sido mantener tu imparcialidad durante las dictaduras. Que te hayas mantenido
en tu sitial cuando llovían las balas y los sablazos demuestra valor.
Valor, sí. Lo importante para una
sociedad –según dicen- es no perder la escala de valores. Recuerdo haber oído
que había una escala de valores para cambiar la carátula de un expediente y
esas cosas.
Te admiro, señor de la toga. Admiro
tu seguridad y valentía. Si yo estuviera en tu lugar se me irían dudando los
años y tendría miedo de andar por la calle. ¿Será justicia?
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