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lunes, 16 de enero de 2017

PARTE 1 - Terminen la conquista, maten a los niños, liquiden la progenie[1]

La conquista continúa. Quedan todavía miles de hectáreas en manos de los pueblos sometidos. Cierto prurito -algún liviano barniz del verso de la igualdad y la fraternidad en libertad-, tiñe aún los discursos y escritos oficiales. Nadie se atreve a pronunciar la frase del acápite porque sería señalado de inmediato como reaccionario, xenófobo y otros etcéteras del mismo pelaje.
La conquista continúa, sí, y nadie mira hacia el lugar donde se materializa el lento e implacable exterminio. Matanza lisa y llana. Matar a los niños y liquidar la progenie desde la raíz para que nunca vuelva a dar frutos el árbol maleado de los aborígenes.
Las reservas, presentadas ante el mundo “sensible” como una gran reivindicación concedida a los pueblos originarios (curioso trueque de terminología para dejar atrás el despectivo: indio), no son más que campos de concentración sin cámaras de gas Zyklon B, ni hornos crematorios. La muerte es peor que en los campos nazis, más lenta y dolorosa, suministrada con cuentagotas a un ser humano sin esperanza, derrotado por los que fueron sus invasores provenientes de las cárceles de Europa, embarcados en Cádiz, con licencia para matar, violar y cargar los sacos a su antojo.
En la cumbre del cerro está el lonko[2]. Una vez elegido ocupa el cargo de representante o apoderado de la propiedad comunitaria de la reserva y comienza a cobrar un sueldo. Este sueldo es parte del veneno que se instila en el alma de sus vecinos. El lonko ahora sigue viviendo igual, trabaja lo mismo que antes pero le pagan todos los meses una buena cifra. Otro elegido es el werken[3], quien se muda a la capital más próxima, tiene oficina, viste traje y corbata y maneja una camioneta nueva provista por el gobierno. De esta manera las dos autoridades de la estructura ancestral son cooptadas por los conquistadores y separadas de su comunidad. Los designados, partir de ese momento serán envidiados, mirados con recelo, acusados de traición.
Mientras tanto, la comunidad, encerrada en límites imprecisos (no hay escritura ni plano de agrimensura) queda a merced del corrimiento progresivo de los alambrados de los terratenientes vecinos que no vacilan si hay que meter bala. No hay almacén ni supermercado, no hay transporte hasta los centros poblados, no hay compradores de lo que producen. Sólo pueden canjear con una o dos camionetas que entran a la reserva y entregan a precios astronómicos lo propio mientras toman a precio vil la producción que, además casi siempre es por pequeñas cantidades y no alcanza lotes óptimos para ser comercializados. Como esta producción no puede entrar en las ciudades porque no está autorizada por el Senasa los pueblos confinados están obligados a vender en negro a los piratas de los cerros.
Otro factor de vital importancia es la consanguinidad. Es difícil salir de las reservas para los jóvenes. No encuentran trabajo, no tienen formación, hablan una media lengua mezcla de la originaria y el castellano, tienen una religión confusa, son apátridas pero el documento declara que son argentinos, etc. Así, terminan compartiendo el suelo con los padres y, obligados, toman como parejas a mujeres y varones de la misma familia.

¡Adelante, liquiden la progenie, lo demás vendrá cuando Dios y la Patria lo dispongan!






[1] Inspirado en la novela de Kenzaburo Oé, Arrancad las semillas, fusilad a los niños.
[2] Lonko, lonco: jefe, cacique elegido por la comunidad.
[3] Werken, huerquén: consejero del cacique y portavoz elegido por la comunidad.

viernes, 18 de octubre de 2013

Señor de la gorra

Parece que basta con ponerle una gorra a un tipo para que cambie. Claro que a algunos, además de la gorra les dan un arma y un conjunto de instrucciones.
La gorra y el arma autorizan a emprender distintas acciones sobre la comunidad dedicada a trabajar para pagar los sueldos de todos los funcionarios, incluyendo al de la gorra con entorchados dorados que es el que le pasa las instrucciones al del palo de abajo.
Cuando el gobierno no es elegido por el voto popular, los que llevan gorra hinchan el pecho. Detienen el tránsito con barreras y retenes y agregan armas largas a las pistolas de reglamento. También, según se ha visto, cambian las instrucciones y hacen lo que les viene en ganas.
Con los gobiernos que llegan por el mandato de las urnas, los nuevos cambios de instrucciones se demoran y, a veces, llegan mezclados y algo confusos. Hace pocos días se hizo mucha alharaca con una filmación en la que un gendarme y una agente de tránsito se ponían por demás pesados con un candidato y lo demoraban pidiendo un requisito que no está establecido por la ley de tránsito.
Los opositores de este candidato y los diarios oli y garcas y sus cadenas le dieron manija a un video filmado por el gendarme. En un canal del grupo Clarín pasaron la filmación 32 veces en un día (32 las contadas, tal vez fueron más).
Y se armó la discusión. El pobre candidato pidió disculpas públicamente (si hubiera sido yo, los habría puteado y hubiera buscado traductores para putearlos en diez idiomas más), pero como el tipo era candidato, tuvo que pedir disculpas.
A casi todos nos pasó algo parecido en la vida. El de la gorra que busca coima y te para y pide el botiquín, las balizas, mira el vencimiento en el registro, las patentes y el seguro, camina alrededor del auto y pide luces y otras yerbas.
El que no haya sufrido algo así, es porque llegó ayer de Islandia. Si vivió acá un par de años ya sufrió un episodio de este tipo. A mí me surgen varias preguntas:
1)¿La camarita para filmar forma parte del equipo reglamentario de Gendarmería?
2)¿Se filman todas las intervenciones para verificar documentación?
3)¿Todos los videos son consultados con el ex gendarme Mazza para su publicación?
4)¿Gendarmería no explica a los gendarmes qué es un débito automático?
5)¿Por qué será que la tarjeta de las compañías de seguro dice que no hace falta mostrar el recibo si dice “Débito automático”? ¿Mienten las aseguradoras?
Confieso que entrar en tratos con cualquiera de uniforme me da urticaria. Reconozco que ahora te atienden con cortesía cuando vas a pedir un certificado de domicilio pero, la verdad, veo una gorra y tiemblo.
Y también da algo de miedo el numerito de la inocente empleada pública, todo un ejemplo de funcionaria proba, actuando custodiada por gendarmes acostumbrados a filmar sus intervenciones.
No sé ahora. Antes los zorros también llevaban gorra. En una de esas ya no se llaman zorros.

Nota: Zorro/a: Predador propio de los lugares poblados. Se lo reconoce a la distancia por la gorra, la ausencia de cola y los bolsillos profundos. Suelen estar agazapados detrás de los autos estacionados a mitad de cuadra después de un semáforo que tiene un amarillo demasiado corto o un rojo demasiado largo.