"Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir." Fernando Pessoa - El libro del desasosiego.
domingo, 26 de mayo de 2013
Señor de enfrente
Te veo en la otra vereda. Supongo que vos me ves a mí. Nos vemos.
Nada nos diferencia. Tu sangre no es amarilla, la mía no es verde. Puede que a mí me sobre un hígado, puede que a vos te sobre un corazón.
No son diferencias sustanciales. Tal vez tu cerebro esté más desarrollado que el mío. Diez, veinte o cien millones de neuronas no constituyen una cifra importante entre cien mil millones.
Quizá leíste una cantidad mayor de libros o domines fórmulas matemáticas que yo ignoro, habrás aprendido acontecimientos históricos que desconozco. Desde aquí, desde esta vereda no lo percibo como una diferencia mayúscula.
De tu lado, no podés saber qué gama de colores distingo, qué tenue y sutil matiz advierto en el rojo de la flor de un ceibo. Nunca podrías adivinar qué cantidad de amaneceres contemplé, qué ríos navegué, que estrellas interrogué en mis noches de desesperanza o qué promesa murmuré una tarde de verano.
Me detengo a pensar. Es probable que seas una mala persona, que no desees el bien para tus congéneres, que te provoque placer hacer un daño… Otra posibilidad es que seas bueno, honesto, solidario. Estarás preguntándote lo mismo de mí.
Conozco tus miedos. La enfermedad, el dolor, la muerte, el desamparo. No sé si hay alguien que no cargue en sus entrañas estos miedos que nos vienen desde el fondo de los tiempos.
Nos separan unos pocos pasos. Nada, diría, si cada uno avanza en dirección al otro.
¿Hablaremos idiomas diferentes? La mano tendida, la sonrisa, el llanto y la caricia son comunes a todos los seres humanos. También el gesto adusto y el puño amenazante. Hasta los insectos tienen un lenguaje corporal que les permite cierto entendimiento.
¿Tenemos distintas edades? El viejo empuja el cochecito del biznieto, lo lleva de paseo y afirma en él su paso vacilante.
¿Entonces…?
martes, 21 de mayo de 2013
Señor de la risa
Cruzo la plaza. El sol calienta con avaricia después de varios días grises. Un señor ríe a carcajadas. Y contagia.
Veo una pareja de jóvenes abrazados, cuerpos fusionados, besos y caricias a plena luz. No sé si son dos chicas o dos chicos o uno y uno. Se aman, ¿qué más?
Un muchacho de pelo largo con rastas toca una guitarra.
Un par de muchachas recostadas sobre el césped toman unos mates. Picnic del asfalto. La radio suena todo volumen. La máquina de hacer pájaros.
Un negro retinto, tal vez de Senegal, muestra los destellos de anillos, pulseras y relojes. Oro, plata, zafiros y esmeraldas a diez pesos.
En un banco un hombre lee, en otro, dos, juegan una partida de ajedrez.
Más allá, un grupo numeroso. Conversan, gesticulan, ríen. Son jóvenes y se divierten, están juntos, van por el parque, por la vida.
Un viejo, puede que con algunos años menos que yo, vende libros usados. Martín Fierro, Así habló Zaratustra, Diarios de motocicleta, Los tigres de la Malasia, Mi lucha, Un loto para Miss Quon, Rayuela y otros, mezcla rara, delirante.
Pasa un taxi. Oigo unos pocos compases de Cambalache cantado por Serrat. Siento ganas de soltar mi risa, una larga y rotunda carcajada.
Entonces, descubro remeras con la cara del Che, otras con la A de anarquía, unas que muestran Miami o La Habana y diez más que no sé ni lo que rezan.
No puedo dejar de pensar en lo maravilloso de la libertad. Que nadie venga a decirte cómo tiene que estar de corto tu pelo o hasta dónde debe cubrir tu pollera o a quién podés besar ni cuántos pueden andar juntos por la calle.
Quiero leer todos los libros y escuchar todas las canciones. Un segundo, un flash. Y todo, gracias al Señor de la risa.
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jueves, 2 de mayo de 2013
Señor del choripán
Fuerzo mis dedos para teclear Señor de la locura, pero algo misterioso hace que te designe de otra manera.
Pienso en los 300 guapos que fueron a disparar a mansalva contra enfermos y enfermeros y quiero poner que vos sos el Señor que camina por el borde, pero no sale.
¿Será que estoy yo también escindido y cuando pienso un nombre para vos escribo otro? Creo que voy camino a la esquizofrenia.
Veo una brigada de 300 efectivos, guarnecidos tras escudos que recuerdan a las legiones romanas, disparar contra enemigos que huyen vestidos con camisetas y guardapolvos blancos o verdes, mientras topadoras amarillas destruyen el último refugio que les queda. No puede ser cierto, debo estar sufriendo una alucinación.
Oigo y veo gente en las confiterías y bares discutiendo sobre estas escenas de violencia que no comprendo. ¿Se oye el silencio? Yo sí. Oigo silencios cómplices. Silencios que aúllan prepotencia.
¿Por qué digito en mi teclado Señor de la prepotencia y leo en la pantalla Señor del choripán? Algo está desarreglado en mi cabeza. Sé que es un síntoma agudo. Últimamente se repite con mayor frecuencia esto de ver cosas que no pueden ser la realidad.
Me asomo al balcón y veo ríos en las avenidas, autos que flotan y giran en remolinos. Veo camiones que levantan la basura y, sin embargo, cuando recorro Buenos Aires veo basura en todas las esquinas. Veo ríos que se entierran y ríos que salen a la superficie, subterráneos a cielo abierto construidos sobre la misma traza de otros que van bajo tierra. Leo que son vetadas leyes votadas por legisladores. Estoy loco.
Soy yo, estoy seguro. Perdí la noción de la realidad. Los diarios muestran fotos de espaldas estragadas por cinco, diez, veinte perdigones. Dicen que son las espaldas de internos de un hospital que atacaron con piedras y palos a los legionarios. No puede ser.
Insisto. Quiero escribir Señor del perdigón, Señor de la topadora, Señor de la basura, Señor del agua desmadrada y siempre leo Señor del choripán.
No puede ser que el kiosco de choripán de la Av. Sarmiento tenga un cartel que reza: GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES. Estoy volviéndome loco. No puede haber un restorán sin baño, mugriento, con pilas de bolsas de carbón donde anidan ratas y cucarachas patrocinado por el Gobierno de la Ciudad. ¿Kioscos esponsoreados?
No confío en lo que veo. Voy a la Costanera Sur en busca de aire limpio. Cuando era chico las maestras nos llevaban a ver el monumento erigido a un señor que había entregado su salvavidas a una mujer durante un naufragio. Altruismo, decían. Luis Viale, nombraban.
Humo, papelitos y roña. Miro en derredor y veo los carritos de choripán adornados con guirnaldas. Veo las pilas de bolsas de carbón, los tachos de agua mierdosa donde se lavan las copas, los baños que no existen, el camión misterioso que entrega ristras de chorizos y otras carnes de dudosa procedencia. ¿Bromatología no tiene topadoras?
Entonces, empiezo a comprender lo que ocurre con mis dedos. Ya vienen a buscarme para llevarme más allá del borde, al Borda, con mis amigos. Antes de que lleguen intento escribir tu nombre: Señor de la inundación, Señor de la basura, Señor del veto, Señor de la importación de partes de automóviles, Señor de los 200 días de vacaciones, Señor de la dura barba…
No hay nada que hacer. Escribo mil nombres. Es inútil: la pantalla sólo muestra Señor del choripán.
Pienso en los 300 guapos que fueron a disparar a mansalva contra enfermos y enfermeros y quiero poner que vos sos el Señor que camina por el borde, pero no sale.
¿Será que estoy yo también escindido y cuando pienso un nombre para vos escribo otro? Creo que voy camino a la esquizofrenia.
Veo una brigada de 300 efectivos, guarnecidos tras escudos que recuerdan a las legiones romanas, disparar contra enemigos que huyen vestidos con camisetas y guardapolvos blancos o verdes, mientras topadoras amarillas destruyen el último refugio que les queda. No puede ser cierto, debo estar sufriendo una alucinación.
Oigo y veo gente en las confiterías y bares discutiendo sobre estas escenas de violencia que no comprendo. ¿Se oye el silencio? Yo sí. Oigo silencios cómplices. Silencios que aúllan prepotencia.
¿Por qué digito en mi teclado Señor de la prepotencia y leo en la pantalla Señor del choripán? Algo está desarreglado en mi cabeza. Sé que es un síntoma agudo. Últimamente se repite con mayor frecuencia esto de ver cosas que no pueden ser la realidad.
Me asomo al balcón y veo ríos en las avenidas, autos que flotan y giran en remolinos. Veo camiones que levantan la basura y, sin embargo, cuando recorro Buenos Aires veo basura en todas las esquinas. Veo ríos que se entierran y ríos que salen a la superficie, subterráneos a cielo abierto construidos sobre la misma traza de otros que van bajo tierra. Leo que son vetadas leyes votadas por legisladores. Estoy loco.
Soy yo, estoy seguro. Perdí la noción de la realidad. Los diarios muestran fotos de espaldas estragadas por cinco, diez, veinte perdigones. Dicen que son las espaldas de internos de un hospital que atacaron con piedras y palos a los legionarios. No puede ser.
Insisto. Quiero escribir Señor del perdigón, Señor de la topadora, Señor de la basura, Señor del agua desmadrada y siempre leo Señor del choripán.
No puede ser que el kiosco de choripán de la Av. Sarmiento tenga un cartel que reza: GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES. Estoy volviéndome loco. No puede haber un restorán sin baño, mugriento, con pilas de bolsas de carbón donde anidan ratas y cucarachas patrocinado por el Gobierno de la Ciudad. ¿Kioscos esponsoreados?
No confío en lo que veo. Voy a la Costanera Sur en busca de aire limpio. Cuando era chico las maestras nos llevaban a ver el monumento erigido a un señor que había entregado su salvavidas a una mujer durante un naufragio. Altruismo, decían. Luis Viale, nombraban.
Humo, papelitos y roña. Miro en derredor y veo los carritos de choripán adornados con guirnaldas. Veo las pilas de bolsas de carbón, los tachos de agua mierdosa donde se lavan las copas, los baños que no existen, el camión misterioso que entrega ristras de chorizos y otras carnes de dudosa procedencia. ¿Bromatología no tiene topadoras?
Entonces, empiezo a comprender lo que ocurre con mis dedos. Ya vienen a buscarme para llevarme más allá del borde, al Borda, con mis amigos. Antes de que lleguen intento escribir tu nombre: Señor de la inundación, Señor de la basura, Señor del veto, Señor de la importación de partes de automóviles, Señor de los 200 días de vacaciones, Señor de la dura barba…
No hay nada que hacer. Escribo mil nombres. Es inútil: la pantalla sólo muestra Señor del choripán.
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martes, 16 de abril de 2013
Señor del expediente
Estás a la sombra del Señor de la Toga. Conocés los pasillos que corren entre estanterías metálicas cargadas de expedientes fulano contra fulano. Disfrutás de la feria de verano y la de invierno. Te corresponde, lo tenés bien ganado.
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
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miércoles, 10 de abril de 2013
Señor del alambre
Sé que alguna vez estuviste imbuido de buenas intenciones. Cuando eras estudiante, cuando decidiste afiliarte a tu partido, cuando fuiste elegido delegado en aquella fábrica.
Nadie nace traidor ni corrupto ni malintencionado. No me tocó a mí; no creo que le haya tocado a nadie, eso de nacer malnacido. Nos vamos haciendo.
Estoy seguro de que, siendo una chiquilína o un chiquilín, te propusiste ser ingeniero y construir un puente, o ser médico y salvar a alguien de la muerte, o deportista y llegar a campeón de algo, o presidente, cantor famoso, escritor…
Tal vez haya unos pocos que hayan tenido la laya de imaginarse ladrones, coimeros y vivir arrinconados por el desprecio de todos. Me cuesta pensar que esto pueda ser posible.
Tiendo a pensar bien de vos. Pienso que en algún momento se te cruzaron la perfidia y la codicia. Fuiste escalando posiciones y el poder te fue obnubilando. Veías a tu alrededor a un coro genuflexo que se hacía más numeroso a medida que te agrandabas y manejabas más poder.
Había que hacer canales para permitir el drenaje de la planicie pampeana –millones de hectáreas- pero alguien susurró en tu oído que nadie lo vería, que sería mejor contratar un estudio de factibilidad y dedicar el resto del dinero a otra cosa más lucrativa.
Había que dragar los cursos de agua, los arroyos soterrados, hacer reservorios y diques, pero ya estabas lanzado en la campaña electoral del año próximo y no te daba el tiempo. Mejor tapar unos baches y pasar una capita de asfalto en los barrios.
Había que construir mil viviendas pero mejor era construir quinientas al doble de precio y que depositaran una cifra en tu cuenta en otro país. ¿Cloacas? ¿Para qué?
Mientras tanto, tus asesores te mandaban al dentista para mejorar tu sonrisa y te enseñaban a leer los discursos que otros escribían.
Había tanto para hacer, pero todo podía atarse con alambre. En una de esas, la lluvia torrencial del año pasado no se repetiría el presente ni el próximo. Es una cuestión estadística.
Atar con alambre y ensayar las palabras que pronunciarías para echar la culpa sobre los que te precedieron. Iguales, absolutamente iguales, otros señores del alambre.
Entonces llamaste a licitación para comprar más alambre. Millones de kilos de alambre de hierro dulce oxidado que pagaste alegremente a precio de oro.
Te gusta el oro más que el bronce y más que el hierro.
Los cadáveres flotan en el agua, no en tu conciencia, donde la moral también está atada con alambre. Pronto irán bajo tierra y sólo unos pocos los recordarán llorando.
La muerte nos toca a todos, la vida es una, te decís.
Y yo te digo: El alambre oxidado y el oro son para los inmorales. El bronce es para los inmortales.
Claro que habría que volver a fundir muchas de las estatuas erigidas a tipos como vos. Pero eso, no es culpa del bronce.
Nadie nace traidor ni corrupto ni malintencionado. No me tocó a mí; no creo que le haya tocado a nadie, eso de nacer malnacido. Nos vamos haciendo.
Estoy seguro de que, siendo una chiquilína o un chiquilín, te propusiste ser ingeniero y construir un puente, o ser médico y salvar a alguien de la muerte, o deportista y llegar a campeón de algo, o presidente, cantor famoso, escritor…
Tal vez haya unos pocos que hayan tenido la laya de imaginarse ladrones, coimeros y vivir arrinconados por el desprecio de todos. Me cuesta pensar que esto pueda ser posible.
Tiendo a pensar bien de vos. Pienso que en algún momento se te cruzaron la perfidia y la codicia. Fuiste escalando posiciones y el poder te fue obnubilando. Veías a tu alrededor a un coro genuflexo que se hacía más numeroso a medida que te agrandabas y manejabas más poder.
Había que hacer canales para permitir el drenaje de la planicie pampeana –millones de hectáreas- pero alguien susurró en tu oído que nadie lo vería, que sería mejor contratar un estudio de factibilidad y dedicar el resto del dinero a otra cosa más lucrativa.
Había que dragar los cursos de agua, los arroyos soterrados, hacer reservorios y diques, pero ya estabas lanzado en la campaña electoral del año próximo y no te daba el tiempo. Mejor tapar unos baches y pasar una capita de asfalto en los barrios.
Había que construir mil viviendas pero mejor era construir quinientas al doble de precio y que depositaran una cifra en tu cuenta en otro país. ¿Cloacas? ¿Para qué?
Mientras tanto, tus asesores te mandaban al dentista para mejorar tu sonrisa y te enseñaban a leer los discursos que otros escribían.
Había tanto para hacer, pero todo podía atarse con alambre. En una de esas, la lluvia torrencial del año pasado no se repetiría el presente ni el próximo. Es una cuestión estadística.
Atar con alambre y ensayar las palabras que pronunciarías para echar la culpa sobre los que te precedieron. Iguales, absolutamente iguales, otros señores del alambre.
Entonces llamaste a licitación para comprar más alambre. Millones de kilos de alambre de hierro dulce oxidado que pagaste alegremente a precio de oro.
Te gusta el oro más que el bronce y más que el hierro.
Los cadáveres flotan en el agua, no en tu conciencia, donde la moral también está atada con alambre. Pronto irán bajo tierra y sólo unos pocos los recordarán llorando.
La muerte nos toca a todos, la vida es una, te decís.
Y yo te digo: El alambre oxidado y el oro son para los inmorales. El bronce es para los inmortales.
Claro que habría que volver a fundir muchas de las estatuas erigidas a tipos como vos. Pero eso, no es culpa del bronce.
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sábado, 23 de marzo de 2013
Señor de las plantitas
Llueve. Mate. Diario.
Leo que en Saladillo mandaron a la cárcel a Fernando Colombini, un muchacho de 25 años que cultivaba cuatro plantas de marihuana en el patio.
Hace 36 días que está preso.
Gente modesta, albañil, padre de una chiquilina de ocho años.
"El juez le dictó la preventiva y se declaró incompetente. Y la causa deambula por juzgados federales", leo en Página 12. ¿La causa?
Me pregunto si lloverá en el patio del penal.
El artículo menciona al pasar que hay antecedentes de otros procedimientos similares armadas en ese pueblo. La policía, un funcionario de la Dirección de Tránsito, el incompetente juez Mateos, un fistal apellidado Sarramone y una tal Caviglia, defensora oficial que permaneció cruzada de brazos.
Una causa armada al mejor estilo de la bonaerense.
Seguramente, hay otros casos parecidos en ese tranquilo pueblo de la provincia. Un par de sobres de merca en un bolsillo de otro perejil, alguno que llevaba un porrito y cosas del mismo tenor y al mismo efecto.
Así es la lucha contra el delito.
Este fin de semana, mientras todos disfrutemos del asadito, el temible traficante que cultivaba ocho plantitas (según él eran sólo cuatro), va a mirar el cielo a través de las rejas.
Diría que hay que hacer el camino al revés. Me da por pensar que los que lo encerraron son los que tendrían que estar adentro.
Siento olor a gorra y cocaína.
Algo huele mal en Saladillo.
Leo que en Saladillo mandaron a la cárcel a Fernando Colombini, un muchacho de 25 años que cultivaba cuatro plantas de marihuana en el patio.
Hace 36 días que está preso.
Gente modesta, albañil, padre de una chiquilina de ocho años.
"El juez le dictó la preventiva y se declaró incompetente. Y la causa deambula por juzgados federales", leo en Página 12. ¿La causa?
Me pregunto si lloverá en el patio del penal.
El artículo menciona al pasar que hay antecedentes de otros procedimientos similares armadas en ese pueblo. La policía, un funcionario de la Dirección de Tránsito, el incompetente juez Mateos, un fistal apellidado Sarramone y una tal Caviglia, defensora oficial que permaneció cruzada de brazos.
Una causa armada al mejor estilo de la bonaerense.
Seguramente, hay otros casos parecidos en ese tranquilo pueblo de la provincia. Un par de sobres de merca en un bolsillo de otro perejil, alguno que llevaba un porrito y cosas del mismo tenor y al mismo efecto.
Así es la lucha contra el delito.
Este fin de semana, mientras todos disfrutemos del asadito, el temible traficante que cultivaba ocho plantitas (según él eran sólo cuatro), va a mirar el cielo a través de las rejas.
Diría que hay que hacer el camino al revés. Me da por pensar que los que lo encerraron son los que tendrían que estar adentro.
Siento olor a gorra y cocaína.
Algo huele mal en Saladillo.
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martes, 5 de marzo de 2013
Señor que está en el billete
Recuerdo una tarde de lluvia. Estábamos de mate y bizcochitos con mi amigo Oscar. Federico, su hijo, mataba el aburrimiento jugando con la billetera, que contenía los ahorros de toda su vida.
Levantó uno de dos pesos y leyó en voz alta: Bartolomé Mitre. ¿Quién fue?
El padre y yo nos miramos. Tratamos de hacer memoria. Allá por 1862 fue elegido Presidente de los Argentinos. Uno de sus actos de gobierno fue integrar la Triple Alianza contra el Paraguay, un hecho vergonzoso.
Con motivo del inicio de la guerra, declara en un discurso famoso: “en tres días en los cuarteles, en tres semanas en el campo de batalla y en tres meses en la Asunción”. Demoró más de tres años.
Al mando del ejército aliado, comandó las tropas de la primera batalla importante de esa guerra. Fue la batalla de Curupaytí, que tuvo lugar el 22 de septiembre de 1866. Demostrando una incapacidad nunca vista, ordenó un ataque frontal que terminó con más de 10.000 soldados aliados muertos y heridos, frente a menos de 100 bajas (30 muertos) de los paraguayos.
Después escribió La Historia de San Martín. En ese libro se da el lujo de criticar casi todas las decisiones estratégicas de El Gran Capitán.
Ya estábamos consultando libros de historia para seguir dándole a Mitre, cuando levantó un billete de cinco y dijo: San Martín. ¿Y este, qué tal?
Ese fue un grande. Un monstruo. Un genio de la guerra que siempre se preocupó por minimizar las bajas de ambos bandos. Era astuto y sabio. Liberó Argentina, Chile y Perú. ¿Y vale sólo cinco?
Nos preparamos para argumentar pero ya estaba alzando uno de diez. Manuel Belgrano, leyó.
Otro grande. Un revolucionario. Un hombre limpio y decente. Muy respetuoso de los pueblos originarios.
Siguió con el de veinte pesos. ¿Y este?, Juan Manuel de Rosas.
Oscar y yo nos miramos. Y… se dice de todo un poco. Los federales lo califican como un grande pero su política fue netamente unitaria. Entregó cientos de miles de hectáreas a los terratenientes. Bueno, pero tené en cuenta que luchó contra Francia e Inglaterra para defender la integración. ¡No digas eso! Defendía los intereses de Buenos Aires.
Federico enarboló el de cincuenta. Domingo Faustino Sarmiento.
Algo acalorados por la discusión anterior, nos trenzamos de nuevo. Argentina le debe la educación popular. Un educador. Un prepotente. Trajo a las maestras de Boston. Sí, y quería regalar la Patagonia.
Cortó el debate enarbolando el de cien. Exclamó: Julio Argentino Roca.
Ahí respiramos. Frente común. Fue un genocida. Terminó de entregar las tierras a los terratenientes. Ni siquiera andaba a caballo. Un sátrapa. Ataliva, el hermano, era su hombre de paja, el que hacía los negocios sucios. Separó a las familias y esclavizó a hombres y mujeres.
Se nos había calentado el pico. Estábamos entusiasmados. Pero Federico preguntó: Y si era tan mal tipo… ¿por qué lo pusieron en el que vale más?
Quedamos en silencio. Implacable, el hijo de mi amigo lanzó su último dardo: ¿Y a Menem y al otro… De la Rúa, qué valor les van a dar?
Callamos. Sería bueno que alguien inventara un billete con signo negativo. Claro que necesitaríamos muchos valores distintos para honrar a unos cuántos, que hoy se llenan la boca, inmortalizando su rostro en el papel.
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