"Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir." Fernando Pessoa - El libro del desasosiego.
martes, 18 de junio de 2013
Señor del engaño
Pensás que no tengo memoria. Tal vez, peor aún, pensás que no tengo criterio. Porque la memoria sola no basta, no alcanza para comprender o para disponer de una visión certera.
Puede que tengas razón. Puede que no tenga memoria, ni criterio, ni comprensión, ni visión certera. Si así fuera, dotado de esas carencias –si es que una carencia es una dote- no sería capaz de advertir tus añagazas. Por ahora basta con no tener olvido.
Tu táctica es tan antigua y la usaste tantas veces, que hasta para un desdotado como yo, tus mañas van perdiendo efectividad. Te tengo remanyado.
Hablás de miedo, de inseguridad, de desorden y estancamiento. Agitás el fantasma de la inflación y el peso devaluado. Decís que no te dejan hablar, que esto es una dictadura al estilo de la Alemania nazi y tus radios y diarios y televisoras lo repiten hasta el hartazgo.
No recuerdo que otras dictaduras sin votos te hayan puesto tan molesto como estás ahora. Resulta curioso que hablés de dictadura en un momento en que se puede decir de todo y que hayas guardado silencio cuando nadie podía decir nada.
Dos gotitas de veneno en el oído del Rey mientras duerme la siesta. Así instilás, tratás de instalar, una voz que aparenta decir todo mientras callás tus intenciones. Claro que habría que ver si el Rey está dormido. Aunque, si no está dormido, confías en que vas a poder acostarlo. Sabés que hay alguien que fuma y espera y se caga de risa en la penumbra de un cuartel.
Te entiendo. Tratás de sacar un líder de la galera para aplastar con los votos al bicho del populismo, pero no pinta ninguno. Y si no pinta, ¿qué le vas a hacer, no? Habrá que pensar en otra cosa. ¿Estarás redactando el comunicado número uno?
La libertad te quema los pies como si caminaras sobre brasas a punto para un buen asado. El camino se te hace largo.
Sentís que te meten la mano en el bolsillo. Cierran los convenios colectivos de trabajo con aumento y corrés a cargar el mismo porcentaje en los precios. No vaya a ser que la negrada empiece a vestir bien, a comer debute, a estudiar en universidades gratarolas. Ahora hasta a las sirvientas vas a tener que pagarles aguinaldo.
Estás sentado sobre tus toneladas de maíz y soja envenenadas con glifosato. Esperás que suba el dólar o bajen las retenciones para que el negrito que tenés de peón –ahora se te está agrandando-, te cueste la mitad de kilos de lo que te cuesta ahora. Total, tenés al Momo para que se lo chamuye y listo.
Mandás a algún “señor del campo” a que grite que hay que echar a patadas al gobierno. ¿Otra vez estarás pensando en prohibir el tango Cambalache? ¿Creés que no recuerdo cuando no dejaste que cantara la negra Sosa y no podían andar más de tres personas juntas por la calle?
Recuerdo cuando tapiaron los bancos y se trabucaron la guita de los giles mientras la de los pescados gordos -como vos-, cruzó el charco y desapareció. ¿Te acordás que bajaron los sueldos y las jubilaciones? ¿Olvidás las decenas de años que no pagaste impuestos ni cargas sociales?
Y, si no aparece el quía que pinte debute para el 2015, vas a ir a buscar al que fuma y espera, no tengo dudas. Y los que ahora dicen que tienen miedo van a ponerse a decir que no daba para más.
Después ya sabemos cómo sigue. Sacar las retenciones, subir el dólar, volver a la desjubilación privada y anular la AUH, perseguir a los maricas y cagar a palos al que grite. Los precios liberados subirán a un nivel que aplaudirán tus analistas. Tendrás preparada –junto con el comunicado-, las listas de libros que vas a prohibir, los cantantes y actores que se van a tener que tomar el piro y, si algún obrerito se hace el loco, pedirás a los cobani que le den dos veinte y cachiporra, que para eso, nunca fueron de hacerse rogar.
Olvidaba –poca memoria, ¿viste?-, que tras cartón llegarán misiones del FMI y la Goldman Sachs dirá que el país es una papa, volverán las oscuras golondrinas y todo será una fiesta de pizza con champán.
Claro que, según recuerdo que pasó, la fiesta será de rigurosa etiqueta y los giles como nosotros, no estaremos invitados.
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jueves, 6 de junio de 2013
Señor de la clase política
Cuando era muchacho se hablaba de tres clases: el proletariado, la burguesía y la oligarquía. Había algunas variantes según el color del cristal. El campesinado, por ejemplo, que no terminaba de engrosar la clase obrera transido por la propiedad de unas pocas hectáreas cuya tenencia trastornaba su criterio y la clase media, que trataba de huir del olor a grasa y el humo de los braseros de las casas paternas, siempre con un pie en el barro y el otro sobre la alfombra.
Había sectores desclasados, los intelectuales -mote pronunciado por los esbirros de turno con tono de desprecio-, los artistas y los estudiantes corrían una suerte similar. Chabones destinados a ir a parar a una seccional para averiguación de antecedentes.
Pero no había una clase política. Los políticos surgían de las bases a las que pertenecían y decían representar. Los partidos tenían sus funcionarios, desde luego, presentaban una y otra vez sus candidatos en las pocas, ocasionales, eventuales elecciones que se sucedían y, por lo general, eran siempre los mismos. Sólo la muerte los sacaba del circo. Todo por el curro.
Ahora parece que la división en clases hubiera desaparecido. No hay ya obreros, campesinos, burgueses y oli-garcas. Ahora hay electorado. Un amasijo de votantes divididos por una línea muy delgada, casi inapreciable, que los separa en dos grupos. Uno, iluminado, que sabe qué hace falta y otro, integrado por los boludos del resto del país que no entienden una goma.
Surge así, victoriosa, a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa clase: la política. ¿De dónde salió? Fueron ellos mismos los que acuñaron el concepto “clase política”.
D.R.A.E.: clase.
(Del lat. classis). 1. f. Orden o número de personas del mismo grado, calidad u oficio.
En resumidas cuentas, están separados del resto por su grado, calidad u oficio. Subclase: partidos.
Los partidos se alternan en el poder según la iluminación del electorado. Se alternan para meternos la mano en el bolsillo –casi escribo el dedo en el culo-. Se insultan, se pelean, se calumnian, pero todo sucede entre pares. Mete gol, entra.
Y si les va mal, si chorean y coimean a cuatro manos, cuentan con el lentísimo andar de la justicia y el refugio en los fueros, se retiran de la arena por un tiempo, van a dar conferencias a Harvard, al FMI o a Ecuador, abren una consultoría donde ofrecen sus malas artes al mejor postor y andá a cantarle a Gardel.
Así es como no tienen miedo de caer en manos de la justicia ni del juicio de los mismos de su clase. Tampoco tienen pudor. No es por pudor que se van a yirar por unos años después de cometer sus fechorías. No es que lamenten haber conducido al país a un desastre. Sólo se trata de una táctica que lo único que requiere es no tener vergüenza.
Después vuelven. Les dan micrófonos, cámaras y primeras planas para que nos vuelvan a mentir. El que ocupa el máximo cargo de un partido acaba de calificar de “conchudo” a un correligionario. Nada dijo del presidente Fernando de la Rúa. Todavía está pendiente la autocrítica por un gobierno que se salvó del naufragio en helicóptero y dejó al país en Pampa y la vía, con más de 30 muertos y cientos de palos verdes cobrados en comisiones por las “buenas noticias” que nos traía de la banca internacional.
Vuelven los economistas del fracaso, Cavallo, Sturzenegger, Melconian –gran asesor económico del menemato-, los gurúes y oráculos que festejaban la estabilidad del 1 a 1, los que callaron las licitaciones tramposas, las privatizaciones que nos dejaron en pelotas, los que robaron para la corona y los que iban a limpiar el Riachuelo en 1000 días.
¿Hace falta hablar del corralito, el corralón, la venta de la acción de oro de YPF, el Correo, Aerolíneas Argentinas, el contrabando (¿oficial?) de armas, Kosteki y Santillán y el desguace de la flota mercante y los ferrocarriles? ¿Hace falta hablar de la corte de payasos que supimos conseguir?
Tal vez no haga falta. Pero los boludos que no entendemos nada de nada –entre los que me incluyo-, no podemos olvidar a estos señores de la política.
Que no logren ponerse de acuerdo entre ellos es muy peligroso. Tengamos memoria. Si no pueden con los votos van a ir por las botas.
Oí hablar de una dictadura de votos. Casi como si dijeran que es lo mismo una mayoría parlamentaria que una de las tantas que tuvimos de sable y fusil. ¿Será que lo están deseando? Como si no hubiera un Congreso, una Corte Suprema, juzgados, cámaras y un calendario electoral. ¿Qué querrá sugerir con esto de “dictadura de votos” el señor Mitre?
Oí decir que somos como la Alemania nazi, la de los hornos de Hitler. De paso, digo que voces parecidas y parecidos discursos fueron la antesala del horror nacionalsocialista boche. Orden y reorganización son palabras muy queridas por los dictadores.
¿Cómo se puede hablar de dictadura en un momento en el que todos dicen todo?
Hablan y hablan sin dejar de decir que no se puede hablar. Total, en este ispa de locos y boludos, a nosotros, el electorado que no sabe un pomo de nada, resulta fácil vendernos un buzón.
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martes, 4 de junio de 2013
Señor del eufemismo
Tres jueces integran el Tribunal Oral Federal número 1. Son Carlos Rozanski, Pablo Vega y Pablo Jantus. Este tribunal hará público el fallo el día 10 de junio próximo. Habrá que esperar hasta entonces para conocer los fundamentos de la condena con la disidencia de su presidente, el primero de los nombrados.
Fueron condenados los ex policías bonaerenses Jorge Rómulo Ferranti y Bruno Trevisán a cuatro y tres años de prisión, respectivamente, por “vejaciones y severidades”, pero, por esas cosas de la justicia, pasarán muy pocos días en prisión.
El que se tome el trabajo de leer la noticia verá, entre otros detalles, que la historia data de 1976. Fue necesario esperar 37 años.
El matrimonio Iaccarino y sus hijos, Rodolfo, Alejandro y Carlos fueron obligados mediante secuestro, tortura y vejaciones a entregar sus bienes a los recién condenados.
Leo la noticia (1) y quedo pensando. “¿Vejaciones y severidades?” Me pregunto si estos jueces Pablo Vega y Pablo Jantus habrán tenido un diccionario a mano durante los 37 años que demoraron en elaborar esta condena y, en particular, mientras redactaban el fallo.
El Diccionario de la Real Academia dice: Eufemismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.
Así, los delincuentes Ferranti y Trevisán por medio de los golpes, el confinamiento en condiciones infrahumanas y la picana eléctrica –gran invento argentino- obtuvieron la transferencia de campos e industrias a su nombre. ¿Vejaciones y severidades?
Yo digo que los que no son severos son estos jueces y que la vejada es la justicia, además, por cierto, de la familia Iaccarino.
No importa cuánto obtuvieron los secuestradores y torturadores. No importa si fueron millones o monedas. Todo un aparato de inteligencia del estado, edificios y recursos que deberían proteger a la ciudadanía fueron utilizados para robar bienes.
Yo digo que es una vejación que la justicia demore 37 años en expedirse. Poco severo, poco serio, poco juicio en este juicio.
Supongo que las víctimas vindicadas por este fallo no se sentirán muy protegidas por las fuerzas policiales y la justicia a partir del momento -muy próximo- en que queden en libertad los “severos vejadores”.
Recurro a un eufemismo para calificar a estos jueces: impudorosos.
(1) Ver Página 12 – 04/06/2013
Fueron condenados los ex policías bonaerenses Jorge Rómulo Ferranti y Bruno Trevisán a cuatro y tres años de prisión, respectivamente, por “vejaciones y severidades”, pero, por esas cosas de la justicia, pasarán muy pocos días en prisión.
El que se tome el trabajo de leer la noticia verá, entre otros detalles, que la historia data de 1976. Fue necesario esperar 37 años.
El matrimonio Iaccarino y sus hijos, Rodolfo, Alejandro y Carlos fueron obligados mediante secuestro, tortura y vejaciones a entregar sus bienes a los recién condenados.
Leo la noticia (1) y quedo pensando. “¿Vejaciones y severidades?” Me pregunto si estos jueces Pablo Vega y Pablo Jantus habrán tenido un diccionario a mano durante los 37 años que demoraron en elaborar esta condena y, en particular, mientras redactaban el fallo.
El Diccionario de la Real Academia dice: Eufemismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.
Así, los delincuentes Ferranti y Trevisán por medio de los golpes, el confinamiento en condiciones infrahumanas y la picana eléctrica –gran invento argentino- obtuvieron la transferencia de campos e industrias a su nombre. ¿Vejaciones y severidades?
Yo digo que los que no son severos son estos jueces y que la vejada es la justicia, además, por cierto, de la familia Iaccarino.
No importa cuánto obtuvieron los secuestradores y torturadores. No importa si fueron millones o monedas. Todo un aparato de inteligencia del estado, edificios y recursos que deberían proteger a la ciudadanía fueron utilizados para robar bienes.
Yo digo que es una vejación que la justicia demore 37 años en expedirse. Poco severo, poco serio, poco juicio en este juicio.
Supongo que las víctimas vindicadas por este fallo no se sentirán muy protegidas por las fuerzas policiales y la justicia a partir del momento -muy próximo- en que queden en libertad los “severos vejadores”.
Recurro a un eufemismo para calificar a estos jueces: impudorosos.
(1) Ver Página 12 – 04/06/2013
domingo, 26 de mayo de 2013
Señor de enfrente
Te veo en la otra vereda. Supongo que vos me ves a mí. Nos vemos.
Nada nos diferencia. Tu sangre no es amarilla, la mía no es verde. Puede que a mí me sobre un hígado, puede que a vos te sobre un corazón.
No son diferencias sustanciales. Tal vez tu cerebro esté más desarrollado que el mío. Diez, veinte o cien millones de neuronas no constituyen una cifra importante entre cien mil millones.
Quizá leíste una cantidad mayor de libros o domines fórmulas matemáticas que yo ignoro, habrás aprendido acontecimientos históricos que desconozco. Desde aquí, desde esta vereda no lo percibo como una diferencia mayúscula.
De tu lado, no podés saber qué gama de colores distingo, qué tenue y sutil matiz advierto en el rojo de la flor de un ceibo. Nunca podrías adivinar qué cantidad de amaneceres contemplé, qué ríos navegué, que estrellas interrogué en mis noches de desesperanza o qué promesa murmuré una tarde de verano.
Me detengo a pensar. Es probable que seas una mala persona, que no desees el bien para tus congéneres, que te provoque placer hacer un daño… Otra posibilidad es que seas bueno, honesto, solidario. Estarás preguntándote lo mismo de mí.
Conozco tus miedos. La enfermedad, el dolor, la muerte, el desamparo. No sé si hay alguien que no cargue en sus entrañas estos miedos que nos vienen desde el fondo de los tiempos.
Nos separan unos pocos pasos. Nada, diría, si cada uno avanza en dirección al otro.
¿Hablaremos idiomas diferentes? La mano tendida, la sonrisa, el llanto y la caricia son comunes a todos los seres humanos. También el gesto adusto y el puño amenazante. Hasta los insectos tienen un lenguaje corporal que les permite cierto entendimiento.
¿Tenemos distintas edades? El viejo empuja el cochecito del biznieto, lo lleva de paseo y afirma en él su paso vacilante.
¿Entonces…?
martes, 21 de mayo de 2013
Señor de la risa
Cruzo la plaza. El sol calienta con avaricia después de varios días grises. Un señor ríe a carcajadas. Y contagia.
Veo una pareja de jóvenes abrazados, cuerpos fusionados, besos y caricias a plena luz. No sé si son dos chicas o dos chicos o uno y uno. Se aman, ¿qué más?
Un muchacho de pelo largo con rastas toca una guitarra.
Un par de muchachas recostadas sobre el césped toman unos mates. Picnic del asfalto. La radio suena todo volumen. La máquina de hacer pájaros.
Un negro retinto, tal vez de Senegal, muestra los destellos de anillos, pulseras y relojes. Oro, plata, zafiros y esmeraldas a diez pesos.
En un banco un hombre lee, en otro, dos, juegan una partida de ajedrez.
Más allá, un grupo numeroso. Conversan, gesticulan, ríen. Son jóvenes y se divierten, están juntos, van por el parque, por la vida.
Un viejo, puede que con algunos años menos que yo, vende libros usados. Martín Fierro, Así habló Zaratustra, Diarios de motocicleta, Los tigres de la Malasia, Mi lucha, Un loto para Miss Quon, Rayuela y otros, mezcla rara, delirante.
Pasa un taxi. Oigo unos pocos compases de Cambalache cantado por Serrat. Siento ganas de soltar mi risa, una larga y rotunda carcajada.
Entonces, descubro remeras con la cara del Che, otras con la A de anarquía, unas que muestran Miami o La Habana y diez más que no sé ni lo que rezan.
No puedo dejar de pensar en lo maravilloso de la libertad. Que nadie venga a decirte cómo tiene que estar de corto tu pelo o hasta dónde debe cubrir tu pollera o a quién podés besar ni cuántos pueden andar juntos por la calle.
Quiero leer todos los libros y escuchar todas las canciones. Un segundo, un flash. Y todo, gracias al Señor de la risa.
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jueves, 2 de mayo de 2013
Señor del choripán
Fuerzo mis dedos para teclear Señor de la locura, pero algo misterioso hace que te designe de otra manera.
Pienso en los 300 guapos que fueron a disparar a mansalva contra enfermos y enfermeros y quiero poner que vos sos el Señor que camina por el borde, pero no sale.
¿Será que estoy yo también escindido y cuando pienso un nombre para vos escribo otro? Creo que voy camino a la esquizofrenia.
Veo una brigada de 300 efectivos, guarnecidos tras escudos que recuerdan a las legiones romanas, disparar contra enemigos que huyen vestidos con camisetas y guardapolvos blancos o verdes, mientras topadoras amarillas destruyen el último refugio que les queda. No puede ser cierto, debo estar sufriendo una alucinación.
Oigo y veo gente en las confiterías y bares discutiendo sobre estas escenas de violencia que no comprendo. ¿Se oye el silencio? Yo sí. Oigo silencios cómplices. Silencios que aúllan prepotencia.
¿Por qué digito en mi teclado Señor de la prepotencia y leo en la pantalla Señor del choripán? Algo está desarreglado en mi cabeza. Sé que es un síntoma agudo. Últimamente se repite con mayor frecuencia esto de ver cosas que no pueden ser la realidad.
Me asomo al balcón y veo ríos en las avenidas, autos que flotan y giran en remolinos. Veo camiones que levantan la basura y, sin embargo, cuando recorro Buenos Aires veo basura en todas las esquinas. Veo ríos que se entierran y ríos que salen a la superficie, subterráneos a cielo abierto construidos sobre la misma traza de otros que van bajo tierra. Leo que son vetadas leyes votadas por legisladores. Estoy loco.
Soy yo, estoy seguro. Perdí la noción de la realidad. Los diarios muestran fotos de espaldas estragadas por cinco, diez, veinte perdigones. Dicen que son las espaldas de internos de un hospital que atacaron con piedras y palos a los legionarios. No puede ser.
Insisto. Quiero escribir Señor del perdigón, Señor de la topadora, Señor de la basura, Señor del agua desmadrada y siempre leo Señor del choripán.
No puede ser que el kiosco de choripán de la Av. Sarmiento tenga un cartel que reza: GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES. Estoy volviéndome loco. No puede haber un restorán sin baño, mugriento, con pilas de bolsas de carbón donde anidan ratas y cucarachas patrocinado por el Gobierno de la Ciudad. ¿Kioscos esponsoreados?
No confío en lo que veo. Voy a la Costanera Sur en busca de aire limpio. Cuando era chico las maestras nos llevaban a ver el monumento erigido a un señor que había entregado su salvavidas a una mujer durante un naufragio. Altruismo, decían. Luis Viale, nombraban.
Humo, papelitos y roña. Miro en derredor y veo los carritos de choripán adornados con guirnaldas. Veo las pilas de bolsas de carbón, los tachos de agua mierdosa donde se lavan las copas, los baños que no existen, el camión misterioso que entrega ristras de chorizos y otras carnes de dudosa procedencia. ¿Bromatología no tiene topadoras?
Entonces, empiezo a comprender lo que ocurre con mis dedos. Ya vienen a buscarme para llevarme más allá del borde, al Borda, con mis amigos. Antes de que lleguen intento escribir tu nombre: Señor de la inundación, Señor de la basura, Señor del veto, Señor de la importación de partes de automóviles, Señor de los 200 días de vacaciones, Señor de la dura barba…
No hay nada que hacer. Escribo mil nombres. Es inútil: la pantalla sólo muestra Señor del choripán.
Pienso en los 300 guapos que fueron a disparar a mansalva contra enfermos y enfermeros y quiero poner que vos sos el Señor que camina por el borde, pero no sale.
¿Será que estoy yo también escindido y cuando pienso un nombre para vos escribo otro? Creo que voy camino a la esquizofrenia.
Veo una brigada de 300 efectivos, guarnecidos tras escudos que recuerdan a las legiones romanas, disparar contra enemigos que huyen vestidos con camisetas y guardapolvos blancos o verdes, mientras topadoras amarillas destruyen el último refugio que les queda. No puede ser cierto, debo estar sufriendo una alucinación.
Oigo y veo gente en las confiterías y bares discutiendo sobre estas escenas de violencia que no comprendo. ¿Se oye el silencio? Yo sí. Oigo silencios cómplices. Silencios que aúllan prepotencia.
¿Por qué digito en mi teclado Señor de la prepotencia y leo en la pantalla Señor del choripán? Algo está desarreglado en mi cabeza. Sé que es un síntoma agudo. Últimamente se repite con mayor frecuencia esto de ver cosas que no pueden ser la realidad.
Me asomo al balcón y veo ríos en las avenidas, autos que flotan y giran en remolinos. Veo camiones que levantan la basura y, sin embargo, cuando recorro Buenos Aires veo basura en todas las esquinas. Veo ríos que se entierran y ríos que salen a la superficie, subterráneos a cielo abierto construidos sobre la misma traza de otros que van bajo tierra. Leo que son vetadas leyes votadas por legisladores. Estoy loco.
Soy yo, estoy seguro. Perdí la noción de la realidad. Los diarios muestran fotos de espaldas estragadas por cinco, diez, veinte perdigones. Dicen que son las espaldas de internos de un hospital que atacaron con piedras y palos a los legionarios. No puede ser.
Insisto. Quiero escribir Señor del perdigón, Señor de la topadora, Señor de la basura, Señor del agua desmadrada y siempre leo Señor del choripán.
No puede ser que el kiosco de choripán de la Av. Sarmiento tenga un cartel que reza: GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES. Estoy volviéndome loco. No puede haber un restorán sin baño, mugriento, con pilas de bolsas de carbón donde anidan ratas y cucarachas patrocinado por el Gobierno de la Ciudad. ¿Kioscos esponsoreados?
No confío en lo que veo. Voy a la Costanera Sur en busca de aire limpio. Cuando era chico las maestras nos llevaban a ver el monumento erigido a un señor que había entregado su salvavidas a una mujer durante un naufragio. Altruismo, decían. Luis Viale, nombraban.
Humo, papelitos y roña. Miro en derredor y veo los carritos de choripán adornados con guirnaldas. Veo las pilas de bolsas de carbón, los tachos de agua mierdosa donde se lavan las copas, los baños que no existen, el camión misterioso que entrega ristras de chorizos y otras carnes de dudosa procedencia. ¿Bromatología no tiene topadoras?
Entonces, empiezo a comprender lo que ocurre con mis dedos. Ya vienen a buscarme para llevarme más allá del borde, al Borda, con mis amigos. Antes de que lleguen intento escribir tu nombre: Señor de la inundación, Señor de la basura, Señor del veto, Señor de la importación de partes de automóviles, Señor de los 200 días de vacaciones, Señor de la dura barba…
No hay nada que hacer. Escribo mil nombres. Es inútil: la pantalla sólo muestra Señor del choripán.
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martes, 16 de abril de 2013
Señor del expediente
Estás a la sombra del Señor de la Toga. Conocés los pasillos que corren entre estanterías metálicas cargadas de expedientes fulano contra fulano. Disfrutás de la feria de verano y la de invierno. Te corresponde, lo tenés bien ganado.
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
Dominás el abracadabra que abre y cierra las puertas de miles de juicios. Toda una vida entre papeles, cosiendo folios, poniendo sobre el calentador eléctrico la pavita para el mate acompañado de bizcochitos.
Aprendiste el truco de hacer desaparecer hojas marcadas. Tu mirada se acostumbró a no ver a los que esperan en los pasillos durante horas. Ninguna miseria humana te falta conocer, sabés cómo hacer humo una carpeta cargada de dolores y reclamos.
Tratás de vos a jueces, abogados, testigos y procesados. Sos el señor del murmullo y los silencios, de las respuestas calladas y el trueque de favores.
Integrás una gran familia cuyos miembros abarcan las más disímiles profesiones. Médicos forenses, expertos en balística, comisarios, inspectores, oficiales de justicia, mediadores, testigos que se muerden las uñas y perejiles que van por la séptima condena.
Nunca sos culpable. No podrías serlo. Sos una de las piezas que hacen funcionar la institución pergeñada para dictaminar la inocencia y la culpabilidad de la gente de la calle. Tu hijo, tu nieto, tu sobrino -como en la dorada Edad Media de los gremios- esperan para ingresar en ese mundo amarillo de papeles carcomidos por la humedad y las mordidas de las ratas. Universo de sombras.
Sos un iniciado en el arcano calendario judicial compuesto de días inhábiles, ferias, plazos perentorios y prórrogas que desconocemos el común de los mortales. Viste desistir a muchos. Viste cómo la desesperanza perfundía las pieles de los viejos que sentían llegar la muerte antes que la sentencia.
Sos el que estampa el sello sobre la firma del Señor de la Toga. El que selló la prisión del procesado por robo -que va a ir preso-, y la libertad del policía -que nunca va a pisar la cárcel- que mató de un disparo en la nuca a un adolescente.
Sabés de juicios eternos, prescripciones silenciosas y cadenas de excusas y subrogancias. Te reís de la mujer vendada que sostiene una balanza. Sos el que maneja las pesas y fuiste el que marcó las que tienen los gramos cambiados. Te piden que seas igual que ella y algo más. Tenés que andar con los ojos vendados y la boca amordazada.
Ahora estás furioso porque el Congreso de la Nación va a tratar un proyecto de reforma. No te oí protestar por los juicios que nunca se terminan, por las condenas sin prisión efectiva a coimeros y corruptos. No alzaste la voz contra los peritos que truchan informes ni contra los forenses que confunden paro cardiorespiratorio con torturas en los calabozos de las comisarías.
Comprendo. La familia no se elige. Uno nace dentro de ella y la tiene que aceptar. Tu familia es la judicial y no podés protestar ni denunciar. Puedo darme cuenta. Funciona como si hubiera un pacto de sangre, ¿no?
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