Mientras escribo, Nelson Rolihlahla Mandela se acerca al fin de su vida. Acaso sueña con su sueño.
El respeto que irradian su figura y su historia es tal, que uno se achica, se encoge en la silla y los dedos deambulan sobre el teclado sopesando el uso de cada letra.
Veo a un hombre en una celda, sometido a trabajos forzados, aislado en una isla a lo largo de dieciocho años y luego, nueve más hasta sumar veintisiete.
Lo imagino aislado, rodeado por un mar de miedo y desesperanza, acechado por la locura y la soledad, interrogando al viento.
De pronto, irrumpen intérpretes y traductores que vienen a explicarme cómo era -de verdad- el sueño de Mandela.
Son hienas que merodean al gran león africano a la espera de que exhale su último aliento. Tratan de confundir con sus discursos y sus obituarios anticipados. Mezclan endecha con análisis.
Un lobo, oculto bajo otra piel, se manifestó conmovido por haber estado “donde hombres de tanto coraje se enfrentaron a la injusticia y se negaron a rendirse". No tenía que ir tan lejos para ver una cárcel. No necesita alzar la mirada hacia el horizonte para ver injusticia.
En Sudáfrica hay una lucha en la que los intereses del imperio británico aliado con los bóers echaron mano de la doctrina de la vía pacífica y la convivencia después de siglos de sangre y fuego. Y continúa. Sólo que ahora hay nuevos socios. Nuevos socios para viejos apetitos. Platino, oro y diamantes.
Es preciso mantener la paz. Nada debe perturbar la extracción de cromo, vanadio, manganeso, uranio, los que dejaron de estar apartados tienen que seguir contentándose con un dólar diario, la desocupación no tiene que bajar del 25%.
Nuevos socios, nuevas voces que pretenden traducirme del bantú la historia. Extraña exaltación de la teoría de la lucha no violenta. Es preciso olvidar los 566 niños asesinados el 16 de junio de 1976. Mejor no recordar la sangre y los cadáveres, las topadoras arrasando chozas para construir edificios de lujo en Soweto.
Veo al mundo mirando para otro lado. Como siempre. Mientras algunos me cuentan que se terminó la injusticia. Nelson Mandela, el Mandiba, el inmenso león, después de veintisiete años de zoológico fue usado por afrikáners y británicos para continuar con la explotación y se preparan los De Beers y sus socios nuevos para seguir usándolo.
El apartheid sigue vivo bajo la máscara de la igualdad de derechos. Ahora sigue su campaña de muerte y exterminio con otras armas. El SIDA, las condiciones de vida infrahumanas y las oportunidades robadas.
Oigo la mentira. Dieron vuelta las palabras, trampearon su significado. Oigo la voz de la Cía. Neerlandesa de las Indias Orientales y sus amigos del Commonwealth. Borraron el rugido del león y lo reemplazaron por el canto de la sirena.
Dice el maldito canto: Estamos en paz, hermanos. El blanco es bueno. Si hasta tienen un presidente negro allá en el Norte. Y un negro es un negro, no es un blanco. Los belgas dejaron el Congo, los británicos Sudáfrica, los franceses Argelia y los españoles el Sahara. Son buenos, hermanos, son buenos. Ellos se quedaron para administrar y mantener el orden.
Tengamos paciencia. Ya vendrán el agua corriente y las cloacas, las escuelas y universidades y nos mezclaremos blancos y negros en las salas de hospitales y sanatorios.
Paciencia, hermanos paciencia, reclamemos aumentos de sueldo, más vacaciones, aguinaldo, obras sociales, sí, reclamemos pero sin perder la calma.
Pronto van a venir los capitales a radicarse en África. Vino a visitarnos el presidente de los blancos poderosos y es un negro. Ya van a llegar las inversiones.
Vamos a tener carreteras, grandes puentes, fábricas y aeropuertos, los bancos nos darán créditos para comprar viviendas que se construirán por todas partes, nuestras playas se poblarán de turistas y hoteles de lujo. Computadoras, teléfonos celulares, hamburguesas, lavarropas, heladeras y automóviles.
Paciencia, hermanos, paciencia, pronto vamos a ver cumplido el sueño de Mandela.
"Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir." Fernando Pessoa - El libro del desasosiego.
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sábado, 6 de julio de 2013
Señor del sueño
Etiquetas:
Apartheid,
Imperialismo,
Mandela,
Sudáfrica
domingo, 27 de enero de 2013
Señor de las armas
Señor
de las armas, te miro. Con mis ojos purulentos de glaucoma, mis pies descalzos,
mi panza hinchada por el vacío del hambre y mis huesos sin calcio.
Te
miro. Desde la canilla a la que llego después de recorrer mil metros para llenar
un bidón con agua y mierda; desde los campos yermos a los que me confinaste;
desde la sala del vacunatorio donde me inyectan la prevención del mal que me
inyectaste.
Te
miro. A través de la neblina de glifosato y mientras camino por los barros de
petróleo y cianuro.
Soy
el que come tu basura, el que bebe tus orines, el que atraviesa
subrepticiamente tus fronteras doradas para llevarte el sueño blanco.
Veo
tus cruces de fuego y tus capuchas albas, tu Enola Gay radiante sobrevolando el
océano, tu lluvia defoliante y tu napalm.
Soy
el que vende a los hijos, el que trafica sus órganos, el que mata y viola por
encargo, el borracho, el jugador, el fumador de paco.
Vivo
en la casa tomada, en la villa, en la favela, en las chabolas y caravanas
destartaladas, en portales, bancos de plaza y bajo las autopistas.
Señor
de las armas, te observo. Te vi asesinar al asesino Bin Laden. Vi las filas de
lápidas blancas alineadas sobre el césped de Arlington.
Voy
aprendiendo tu idioma y tu mapa. Hiroshima, Vietnam, Playa Girón, El Salvador, Guatemala,
Nicaragua, Malvinas, Irak, Afganistán, Gaza, Mali.
Observo
quienes son tus amigos de toda la vida. Próceres del mundo entero: Fulgencio
Batista, Idi Amín Dadá, Anastasio Somoza, Alfredo Stroessner, Papá Doc, Nguyên Van Thieu, Pinochet y Videla.
Muero
por comprar tus mejores inventos: Coca-cola, Winchester, Smith & Wesson,
Remington, Ford y Texaco.
Asimilo
tus enseñanzas. Aprendí la técnica del submarino seco, la picana en los
testículos, las pinzas que arrancan uñas y los marines que mean libros sagrados
en Guantánamo.
Aprendo,
sí. Tus navidades nevadas, tu manteca de maní, tu caucho, tus hamburguesas
chorreando salsa roja, tu justicia blanca, tu día de acción de gracias al señor
por tu sueño de plástico y tus matanzas de escolares.
Conozco
tus proyectos: La doctrina Monroe, el plan Marshal, la Otan, la Alianza para el
Progreso, Liberia, el Fmi, el Nafta y el Alca, la Guerra de las Galaxias.
Te
miro. Ladrón de Texas, padre de la maquila, matador de indios, mutilador universal.
Reconozco
en tu escudo el águila calva. Ladrona, cruza de buitre y reina de los piratas.
Tenías que elegir un ave de rapiña para representar tu calaña, única en
América.
Soy
uno de los repugnantes del Sur. Soy del cóndor, del hornero, del tucán y del
flamenco. Soy uno más como los de Mozambique, Zambia y Burundi.
Tengo
mi propia medida del tiempo. En el Sur, cada tres segundos y medio muere de
hambre un niño. Treinta mil por día, novecientos mil por mes, diez millones
novecientos cincuenta mil por año.
Hablás
todas las lenguas, vestís todos los uniformes, contaminás todos los mares. Tus
socios imparten órdenes en alemán y francés; tus alcahuetes entienden y obedecen.
Prepará
tus misiles para Guibón, Isla de Pascua y Kenia. Mantené tus cámaras en los
satélites sobre Perú, Indonesia y Timor Oriental. Asegurá que todas tus plagas
estén a punto. Vengan a nos tus drones.
Seguro
que estudiaste la historia de Alejandro de Macedonia, Timur-i Lang, Napoleón Bonaparte
y Hitler. Todos los imperios se derrumban tarde o temprano. No basta con ser el
señor de las armas. Aún te falta ser el señor de las almas.
Señor
de las armas, te miro. Con mis ojos purulentos de glaucoma, mis pies descalzos,
mi panza hinchada por el vacío del hambre y mis huesos sin calcio.
Te
miro. Desde la canilla a la que llego después de recorrer mil metros para llenar
un bidón con agua y mierda; desde los campos yermos a los que me confinaste;
desde la sala del vacunatorio donde me inyectan la prevención del mal que me
inyectaste.
Te
miro. A través de la neblina de glifosato y mientras camino por los barros de
petróleo y cianuro.
Soy
el que come tu basura, el que bebe tus orines, el que atraviesa
subrepticiamente tus fronteras doradas para llevarte el sueño blanco.
Veo
tus cruces de fuego y tus capuchas albas, tu Enola Gay radiante sobrevolando el
océano, tu lluvia defoliante y tu napalm.
Soy
el que vende a los hijos, el que trafica sus órganos, el que mata y viola por
encargo, el borracho, el jugador, el fumador de paco.
Vivo
en la casa tomada, en la villa, en la favela, en las chabolas y caravanas
destartaladas, en portales, bancos de plaza y bajo las autopistas.
Señor
de las armas, te observo. Te vi asesinar al asesino Bin Laden. Vi las filas de
lápidas blancas alineadas sobre el césped de Arlington.
Voy
aprendiendo tu idioma y tu mapa. Hiroshima, Vietnam, Playa Girón, El Salvador, Guatemala,
Nicaragua, Malvinas, Irak, Afganistán, Gaza, Mali.
Observo
quienes son tus amigos de toda la vida. Próceres del mundo entero: Fulgencio
Batista, Idi Amín Dadá, Anastasio Somoza, Alfredo Stroessner, Papá Doc, Nguyên Van Thieu, Pinochet y Videla.
Muero
por comprar tus mejores inventos: Coca-cola, Winchester, Smith & Wesson,
Remington, Ford y Texaco.
Asimilo
tus enseñanzas. Aprendí la técnica del submarino seco, la picana en los
testículos, las pinzas que arrancan uñas y los marines que mean libros sagrados
en Guantánamo.
Aprendo,
sí. Tus navidades nevadas, tu manteca de maní, tu caucho, tus hamburguesas
chorreando salsa roja, tu justicia blanca, tu día de acción de gracias al señor
por tu sueño de plástico y tus matanzas de escolares.
Conozco
tus proyectos: La doctrina Monroe, el plan Marshal, la Otan, la Alianza para el
Progreso, Liberia, el Fmi, el Nafta y el Alca, la Guerra de las Galaxias.
Te
miro. Ladrón de Texas, padre de la maquila, matador de indios, mutilador universal.
Reconozco
en tu escudo el águila calva. Ladrona, cruza de buitre y reina de los piratas.
Tenías que elegir un ave de rapiña para representar tu calaña, única en
América.
Soy
uno de los repugnantes del Sur. Soy del cóndor, del hornero, del tucán y del
flamenco. Soy uno más como los de Mozambique, Zambia y Burundi.
Tengo
mi propia medida del tiempo. En el Sur, cada tres segundos y medio muere de
hambre un niño. Treinta mil por día, novecientos mil por mes, diez millones
novecientos cincuenta mil por año.
Hablás
todas las lenguas, vestís todos los uniformes, contaminás todos los mares. Tus
socios imparten órdenes en alemán y francés; tus alcahuetes entienden y obedecen.
Prepará
tus misiles para Guibón, Isla de Pascua y Kenia. Mantené tus cámaras en los
satélites sobre Perú, Indonesia y Timor Oriental. Asegurá que todas tus plagas
estén a punto. Vengan a nos tus drones.
Seguro
que estudiaste la historia de Alejandro de Macedonia, Timur-i Lang, Napoleón Bonaparte
y Hitler. Todos los imperios se derrumban tarde o temprano. No basta con ser el
señor de las armas. Aún te falta ser el señor de las almas.
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Imperialismo,
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